El último combate de Carlos Manuel de Céspedes

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Carlos Manuel de Céspedes
Carlos Manuel de Céspedes

Hace 145 años, el monte espeso y un abismo natural del enclave recoleto de San Lorenzo, Sierra Maestra, fueron testigos del último y solitario combate el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, exactamente el 27 de febrero de 1874.

Habían transcurrido poco más de cinco años de su glorioso alzamiento en el ingenio Demajagua, el 10 de octubre de 1868, que lo convirtió el iniciador de la campaña independentista y de la única Revolución cubana.

Tras heroicos y decisivos combates, con victorias y derrotas, la llamada Guerra de los 10 años (1868-1878) dio lugar al nacimiento del Ejército Libertador, verdadero crisol de pueblo e idiosincrasia nacionales, de jefes patriotas de brillante ejecución militar y conducta moral intachable y una membresía que no hacía distingos de clases, color de la piel, ni origen de nacimiento por cuna o país.

Pero también aquella gesta había sido signada por la falta de unidad, formas de caudillismo, regionalismos, insidias e intrigas que empezaban a minar muy seriamente la noble y hermosa causa que los había convocado. Y aquel que, al decir del Maestro, un día se echara sobre sus espaldas todo un país, estuvo entre los que pagaron un precio muy alto por ello.

El hombre que ultimó un destacamento militar español, en desigual combate, esa mañana de finales de febrero, había sido depuesto del cargo de Presidente de la República en Armas, tras un conciliábulo realizado por la Cámara de Representantes en la localidad oriental de Bijagual (Jiguaní), bajo la acusación injusta de nepotismo y métodos autoritarios, que obvió sus relevantes méritos, entre ellos su integridad moral, y sus sobresalientes servicios a la Patria.

Triunfó la traición y la insidia, disfrazada de legalidad, contra el decoro que muchos patriotas sostenían y nada pudieron hacer a favor del prócer honrado y entregado.

Céspedes no solo fue despojado de sus cargos de manera humillante, sino también de la merecida protección que necesitaba, aunque no la pidió.

Se le privó de la posibilidad de reunirse con su familia en el exterior y se vio obligado a buscar refugio en una recóndita y pobre comunidad de la Sierra Maestra. Todo lo aceptó con entereza y humildad, aunque su corazón estuviera roto.

La Patria siempre estaba por encima de él y de esto José Martí pudo percatarse cuando dio su visión sobre su ejecutoria en Guáimaro, el día en que naciera la República en Armas y la primera Constitución (10 y 11 de abril de 1869) :

“[…] hubo en Guáimaro Junta para unir las dos divisiones del Centro y Oriente. Aquella había tomado la forma republicana; esta la militar. Céspedes se plegó a la forma del Centro. No lo creía conveniente; pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio —lo que nadie sacrifica— […] los dos tenían ra­zón; pero en el momento de la lucha, la Cámara la tenía segundamente”.

Volviendo a 1874, se radicó en San Lorenzo desde el 23 de enero de ese año. En medio de gente muy humilde y desamparada encontró sin embargo solidaridad y amor, buenas amistades y se dedicó a alfabetizar a niños del rancherío.

Se le veía muy avejentado para su edad, estaba casi ciego presumiblemente por cataratas y apenas cercano a los 55 años, tenía apariencia senil. “El viejo Presidente” lo llamaban con cariño los naturales de la zona.

Todavía se discuten hipótesis de cómo los españoles descubrieron su último paradero y si fue encontrado gracias a una delación o un hecho fortuito.

La eminente investigadora histórica Hortensia Pichardo y su esposo José Antonio Portuondo, escudriñaron la vida del Padre de la Patria y en 1974 dieron a conocer en tres volúmenes una invaluable compilación de la papelería del prócer, menos el Diario que aparecería después. Ellos estaban convencidos de su muerte real en combate y no en sentido metafórico.

No consideraron un posible suicidio, una hipótesis que llegaron a exponer algunos.

Los historiadores, que se documentaron con exactitud sobre sus acciones y su avanzado pensamiento político, y analizaron sucesos decisivos de la Guerra de los 10 años, también sentenciaron que la suerte de Céspedes se había sellado desde mucho antes que el día de la tragedia de San Lorenzo. Una convicción compartida por muchos investigadores y hombres de bien de la nación cubana.

Fue un hombre que se defendió y luchó hasta el final, revólver en mano, el que cayó a la hoya natural, de escarpado e hiriente relieve, situado al fondo de la vivienda. Los testimonios ratificaron que desoyó las voces de sus perseguidores encarnizados, que lo conminaban a rendirse.

En su carrera en busca de protección, se volvía y disparaba, algo que hizo al borde del abismo, al percatarse tal vez de la imposibilidad de un salto seguro. Su cadáver, rescatado de la sima, tenía el cráneo aplastado y un ojo amoratado. Pero fue el disparo de un sargento español, uno de sus cinco acosadores, el que lo hizo caer.

Como un crimen político se calificó alguna vez la alta traición protagonizada por la Cámara en Bijagual.

Fue inmenso en el amanecer de Demajagua, donde llamó al combate, liberó a sus esclavos y los llamó ciudadanos y hermanos.
Fue sublime cuando se declaró Padre de todos los cubanos, en medio de un dolor sin nombre y de un sacrificio supremo. Fue grande cuando aceptó de buen grado el esquema de la dirección civilista sobre la autoridad militar, aun sin compartir ese criterio en condiciones de guerra.

Sin embargo, como hombre de leyes, ferviente humanista y revolucionario, estaba dispuesto a todo por construir una sociedad justa, donde reinara la igualdad entre todos los cubanos, una vez alcanzada la libertad al filo del machete. Ese fue en verdad, su real legado. Por eso vive entre los cubanos como amado Padre de la Patria. (Martha Gómez Ferrals, ACN)

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