lucia-munozLa obra de Lucía Muñoz es fiel a un credo poético que no se desdibuja en la espiral creativa, sino que persistente y lúcido, le da a su obra una rara unidad y proyecta una voz reconocible entre muchas y buenas en el concierto de la poesía cubana.

Nacida en el año 1953 en Bayamo, ciudad insignia, Numancia criolla quemada por sus pobladores antes que entregarla cautiva, en su poesía también asoma esa impronta lugareña donde todavía son posibles ríos y jagüeyes, flamboyanes y los azules de la cercana acuarela de las montañas de la Sierra Maestra.

Llegada desde el seno de una familia nativa, bien identificable por su apellido y sus obras, la poetisa es tataranieta de Manuel Muñoz Cedeño, músico bayamés que interpretó el Himno Nacional de Cuba y dirigió la orquesta el día en que estrenó en presencia del gobernador de la Villa, acción que es hoy leyenda y memoria no sólo de la ciudad sino de todo el país.

De niña le sorprendió la poesía y vino como un milagro, una lluvia feliz que le empapó el alma y los días y desde entonces la agradece compañera solícita, amiga, hermana, por momentos báculo.

Su madre, que la acompañó y siempre la acompaña, puso en sus manos una libreta gruesa con rayas para que fuera anotando sus alucinaciones de poeta reciente, y le abrió la puerta de una mesita de noche que todavía conserva para que cuidara allí sus papeles. Con el tiempo el arca de sus sueños se desbordó y los poemas fueron tomando la casa y reinando sobre ella y los suyos.

Solo una vocación auténtica la puede someter con tanta fuerza. La he visto apremiada; urgida por esas voces, tropezar con la aureola de esos fantasmas, escurridizos y breves, llamadores que le reclaman su oficio de arpa frente a las sombras. Es entonces que le dice alto a la rutina cotidiana “/hasta que los sonidos sean algo distante,/ y deje la casa sucia,/ la ropa en desorden,/ para sentarme sobre el caos,/ mortal,/ feliz/ a llenarle las hojas con poemas.”

Muchas veces esa cotidianeidad es sustancia y le viene como nota modelante que la identifica entre los múltiples lectores, y es la familia vista a través de un prisma intimo, no exento de nostalgias, la maternidad que la desbordó en su poema “Lactancia” fotocopiado por aquellas mujeres ávidas de belleza, en un recital en Venezuela compartido con poetas de la talla de Miguel Barnet, Cos Causse, Luis Suardíaz, César López y Carilda Oliver Labra, entre otras poetas cubanos.

Y es que su poesía se ha movido con las iluminaciones de la comunicación, evidente en el reclamo de sus lectores que le escriben para hablarle de su obra que se reparte en escuelas, centros de trabajo y medio de difusión masiva.

Por la comunicación, desde sus inicios, alejó todo facilismo, no fue condición ni premisa, no bajó la guardia de lo estético, ni hizo concepciones. De esta forma no limitó su espectro temático que cada día se fue haciendo más intertextual, más afincado no sólo en la cultura de su país sino en la universal, avivada por su formación como Licenciada en Filología y su avidez de lecturas, sin desdeñar su apego a la cultura de su región, la que conoce y estudia y sobre la que también escribe.

En el mar de sus papeles andan como iceberg que se mueve, selecciones inéditas de la poesía bayamesa del siglo XIX, su estudio del altar Barroco de la hoy Catedral de San Salvador de Bayamo así como reflexiones acerca de poetas contemporáneos, esos que la acompañan en eventos y viven con ella los días de la poesía cubana.

Y es que la modernidad no debe de estar reñida con las identidades y la suya Lucía la define siempre con la convicción de que, en eso que llamamos universalidad, está siempre la simiente de la tradición y de lo autóctono. No puede vanagloriarse la modernidad ni aupar su ser, al margen de lo propio.

Ese credo es en Lucía un acto de sinceridad, de honestidad creativa. Escribe lo que siente y como lo siente, lo que no implica irreflexión ni descuido, pues trabaja cada texto con todo el rigor posible, vigilando la limpieza y la armonía, desvelándose por salvar el ritmo y la belleza del texto.

Si hablábamos de honestidad creativa y fidelidad a los principios que sustentan su obra es también porque nunca doblegó su arte poético frente a los “nuevos usos”, no se puso a otear el horizonte para ponerse a tono con las situaciones y los “nuevos tiempos”, con las novedades, muchas de las cuales pasaron y dejaron solo su fragancia. Cuando decidió escribir poemas en prosa e introducir rupturas no lo hizo por alarde sino por que lo que necesitaba decir, requería de esas formas, cuando tuvo que retomar las tradicionales, escribió ovillejos, décimas, sonetos.

Lucía Muñoz ha recibido el reconocimiento de su país el que le otorgó galardones tan importantes como el Diploma Nicolás Guillén, por su aporte a la cultura cubana y la Distinción por la Cultura Nacional. Un poeta amigo la bautizó como “La Novia de Bayamo”, a su casa de Milanés acuden estudiantes para entrevistarla, poetas que quieren un veredicto sobre sus textos y jóvenes universitarios que escriben ensayos sobre sus libros. Ese fluir de su obra por los causes de su pueblo ha sido para ella el mejor de sus premios.

Ella sabe que “una mujer puede andar por la calle/ con el ancho pecho de res abierto”/ pero también conoce que si persiste en su camino podrá algún día cerrar sus heridas y encontrarse con las estrellas.

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